Pablo Ximénez de Sandoval escribía para El País en su edición del sábado el artículo ‘Vote lo que digo, no lo que pienso’, con la participación de Daniel Ureña entre otros consultores, como Jorge Rábago, María José Canel e Itziar García.

A colación de los últimos deslices de Esperanza Aguirre (a quien un micrófono abierto capturó un insulto a un compañero) o José María Aznar (con su gesto a un grupo de estudiantes de Oviedo), el periodista analiza la distancia que existe a menudo entre el mensaje oficial de un partido y los sentimientos del político, o entre el político y la persona.  Ya le ocurrió a Zapatero en la última campaña electoral, («nos viene bien que haya tensión»), a Federico Trillo cuando era presidente del Congreso («manda huevos») o Jordi Sevilla, desde la secretaría de Estado de Economía («esto te lo sabes en dos tardes»): un micrófono abierto se convierte en noticia de manera inmediata y fulminante.

¿A quién pertenece el mensaje de un político?
¿A quién pertenece el mensaje de un político?

La discrepancia dentro de las líneas de un partido, señala Daniel Ureña, es complicada de ver por motivos estructurales. La ausencia de listas abiertas hace que la opinión del partido sea necesariamente el manual de estilo de cualquier político en sus intervenciones individuales, y además «esta cohesión del mensaje de partido está interiorizada por los medios de comunicación españoles, que convierten en noticia cualquier ruptura del mensaje«.

Se trata de un fenómeno algo paradójico, teniendo en cuenta, como dice Jorge Rábago, que «el periodista asume que en los partidos todos deben tener la misma opinión, pero a la vez lo critica». Y sin embargo, no está demostrado que la discrepancia suponga una pérdida de crédito político.

Los cambios que se están operando en  la comunicación política española (Diez tendencias en el panorama de la comunicación política en España) señalan que la distancia entre el político y la persona se está acortando. La naturalidad, la cercanía, la honestidad, son virtudes que se valoran en un comunicador, y que, en contra de lo que pueda parecer, se pueden entrenar.

La tendencia apunta a una mayor especialización tanto de los medios de comunicación como de los portavoces políticos, en este área. Los unos romperán con los clichés del asesor como seleccionador de corbatas, y los otros comenzarán a manejar cada vez con más destreza los códigos de los medios de comunicación. Ambas partes pueden verse obligadas a reinventar su relación, basándola en estos nuevos valores relacionados con la transparencia.

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