Blanca Torquemada publicó ayer  en ABC un reportaje sobre los debates en televisión:

Debates televisados: a la caza del 4 por ciento

«Para los ciudadanos, no hay otra ocasión mejor. Sólo en los debates televisados tienen a su alcance escudriñar en detalle a los candidatos durante más de una hora». Esta apreciación en la que coinciden todos los expertos en comunicación política no ha logrado calar hasta ahora, sin embargo, en el áspero pellejo de paquidermo de los dos partidos mayoritarios en España que, tras el excepcional experimento de 1993, año en el que se celebraron los dos «cara a cara» televisivos de Felipe González y José María Aznar, no habían vuelto a ponerse de acuerdo para enfrentar a sus líderes bajo los focos y exponerlos al descarnado veredicto de las audiencias. Pero las cosas han cambiado, y seguramente sin posibilidad de vuelta atrás: los dos debates entre Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero que se están «cocinando» en los fogones de Génova y Ferraz -ardua negociación de por medio- no serán los últimos entre aspirantes a La Moncloa. Tal es el signo de los tiempos, determinado por el propio relevo generacional en el seno de los partidos y por un inevitable contagio global: las referencias inmediatas de la frenética carrera de salida hacia las primarias en Estados Unidos y las recientes elecciones presidenciales francesas dejan fuera de juego la táctica del avestruz que se había enquistado en la política española.

La importancia del «vis a vis»

Además, el programa de TVE «Tengo una pregunta para usted» ha espoleado los ánimos. ¿Cómo negar a los ciudadanos esa comparecencia en el «ring» preelectoral después de los tragos del café de 80 céntimos de Zapatero y de la cita de Rajoy con la economista de Barcelona? Más permeables que antes al «componente emocional» en la motivación final de los electores (eficazmente teorizado por el «sabio» norteamericano Lakoff, fichaje de Zapatero), tanto el Partido Popular como el PSOE conceden la máxima importancia a estos «vis a vis» y han llegado a la convicción de que, como pauta general, no se les debe dar la espalda. Según argumenta Jorge Rábago, director del departamento de Telegenia del Partido Popular, «últimamente se han desechado muchos tópicos sobre la existencia de situaciones y coyunturas en las que un candidato debe eludir los debates. Estaba muy extendida esa máxima según la cual a quien tiene el poder no le interesan. Del mismo modo, otro lugar común reza que a quien está en condiciones de acceder al gobierno le van bien. Ni lo uno ni lo otro es siempre cierto. Alguien con ventaja ante la opinión pública puede tener una «flojera» específica en este tipo de comparecencias, en tanto que quien gobierna puede necesitar esos duelos para recuperar la imagen de cercanía».

Para Rábago, es importante que el formato de estos debates «no sea excesivamente deliberativo; es decir, que no estén muy encorsetados con sucesivas exposiciones de los candidatos. Conviene que haya «repregunta» o réplica, para una mayor viveza». Pero hay un factor en el que coinciden tanto el experto en telegenia del PP como Luis Salvador, senador socialista y asesor de su partido en esta materia: la incidencia del debate en los estados de opinión no empieza cuando se lleva a cabo, sino desde el mismo momento en el que se negocia su celebración.

Buscar un culpable

Así, para Salvador, «el ejemplo lo tenemos en cómo está «caldeando» el PP el partido, echándole de antemano la culpa al árbitro, en este caso Televisión Española. Es una manera de intentar sacar réditos de un debate antes de que se celebre y de ponerse la venda antes de la herida. Así, Rajoy se busca alguien a quien echar la culpa si no sale bien parado». Estima Salvador que los debates no se han consolidado en estos últimos años «porque los ha evitado el Partido Popular. Para Zapatero la cosa está clara: cuantos más, mejor». Los asesores de Moncloa (y en particular, el diputado José Andrés Torres Mora, pieza esencial del «think tank» gubernamental) están convencidos de que la celebración de estos «cara a cara» (el mero hecho de que se hagan, independientemente de su desarrollo) es favorable para los intereses del PSOE porque aporta tensión a la campaña y, por tanto, incentiva la participación.

Los analistas demoscópicos diagnostican que en España las victorias del centro-derecha se corresponden (cuando se parte de un empate técnico, como ahora es el caso) con una desmovilización de parte del electorado de izquierdas. Por tanto, piensan que índices de participación muy elevados en los comicios (por encima del 71 por ciento) dan alas a las expectativas socialistas. Y, por supuesto, en el desarrollo del debate también alentarán el componente emocional, como les recomienda su «sabio» de cabecera Lakoff. No todos comulgan, sin embargo, con esa percepción de que los debates, en sí mismos, son un incentivo para que más gente se acerque a las urnas. Jorge Rábago cree que se trata de un error de apreciación: «Hay quien sobrevalora su influencia y llega a decir que el triunfo televisivo puede «mover» al 4 por ciento de los votantes. Yo no lo creo, aunque sí pueden resultar decisivos cuando la situación está muy ajustada. Pero, desde luego, no «tensionan» ni alientan una mayor participación. Sirven para reforzar la imagen, desmontar estrategias y consolidar la agenda electoral al revelar qué temas favorecen a los candidatos. Los debates son lo más parecido a un combate de boxeo y es mucho más frecuente que se ganen a los puntos que por KO». Después del tira y afloja de los últimos años, el experto en telegenia de las filas del PP opina que «se ha acabado el «como tú no quisiste, no quiero yo ahora». Todos tenemos muy claro, además, que los debates se ganan, o se pierden antes, durante y después. Ya, todo cuenta».

La «nube» de Zapatero

¿Cuáles pueden ser, en los «cara a cara» que se avecinan, las mejores bazas de los contrincantes? Daniel Ureña, socio director de MAS Consulting Group, opina que una estrategia inteligente es «rebajar, previamente, las expectativas de la gente. De ese modo el aspirante, si lo hace bien, sale doblemente reforzado. Por eso a Rajoy, en «Tengo una pregunta para usted», le favoreció la percepción previa, no muy entusiasta, que había sobre él».

En cuanto a Zapatero, en vista de cómo «funcionó» en el programa de las preguntas ciudadanas, alerta de que «corre el riesgo de no bajarse de la nube. Si se queda en lo macroeconómico, en los índices de crecimiento de España y todo eso, el mensaje puede resultar contraproducente cuando los espectadores lo contrasten con lo que están experimentando en su vida cotidiana». Además, apunta, «una labor esencial de los partidos políticos es tratar de orientar, con inmediatez, las reacciones tras el debate. En Estados Unidos, en cuanto se apagan los focos, los asesores de comunicación ya están difundiendo su balance para moldear desde el primer momento la respuesta de la opinión pública».

Estos duelos mediáticos, insiste Ureña, «hay que prepararlos de forma exhaustiva. Es fundamental. Pero esa preparación ha de estar adecuadamente orientada porque el candidato, más que exhibir conocimientos prolijos o multitud de propuestas, tiene que demostrar capacidad de empatía, de «pegada» emocional». «Al final -reflexiona, en línea con las teorías de Lakoff- el ciudadano se queda con apenas una percepción: «Este tío sabe de lo que habla…». A un debate no se va a convencer al contricante, sino a «llegar» a la gente».