Barack Obama no decepcionó. Tenía el listón muy alto con discursos como el de las primarias de New Hampshire, el de su nominación como candidato en la Convención Demócrata, o el de la noche del 4 de noviembre. Millones de personas estaban pendientes de escuchar las primeras palabras del líder que durante el último año ha prometido el cambio y la esperanza para Estados Unidos. El discurso, y la ceremonia en general, han sido una escenificación impecable de la fortaleza institucional del país. Demócratas y republicanos unidos en torno a sus símbolos, dentro de la más exquisita normalidad.

La preocupación por la situación económica está presente en la sociedad americana desde hace meses y así quedó reflejado en su intervención. Hizo un diagnóstico muy crudo («Se han perdido casas y empleos y se han cerrado empresas; nuestro sistema de salud es caro y nuestras escuelas han fallado demasiado») y culpó de ello a la «codicia y la irresponsabilidad de algunos». Pero su objetivo era el de transmitir confianza e ilusión ante la nueva etapa que ayer comenzó.Y ésta, para Obama, no es más que la continuación de la joven y vibrante Historia de Estados Unidos, la que protagonizaron los héroes anónimos que levantaron el país o los soldados que lucharon en viejas batallas olvidadas. Para superar la crisis actual Obama apeló a la esencia del sueño americano: que todos los hombres son iguales, libres y merecen una oportunidad para la búsqueda de la felicidad. Una oferta de idealismo y pragmatismo frente al pesimismo.

También hubo espacio para los mensajes políticos que trataban de marcar distancia con otras administaciones. Si Reagan afirmó en su toma de posesión que el gobierno no era la solución, sino parte del problema, Obama le dio una vuelta de tuerca a este clásico debate de la política americana: ahora la cuestión no es el tamaño del gobierno sino el hecho de que funcione o no, lo que puede entenderse como un canto al intervencionismo estatal. En esta línea, Obama dejó entrever que su política exterior irá más allá de «los misiles y los tanques», recordando que las generaciones anteriores de americanos fueron capaces de vencer al fascismo y al comunismo también por medio de «sólidas alianzas y firmes convicciones».

Obama se dirigió al mundo entero, no sólo a los estadounidenses. Hizo una alusión directa al mundo musulmán, al que tendió la mano para trabajar por el respeto y el bien común, al mismo tiempo que se mostró contundente contra los líderes que buscan el conflicto con Occidente. También los países del Tercer Mundo estuvieron presentes en su alocución. Les envió un mensaje de esperanza e hizo un llamamiento a la responsabilidad a las naciones más ricas con el resto del planeta.

Obama no es un revolucionario, ni pretende remover los cimientos de la democracia americana. Tampoco aspira a reescribir la Historia de su país, sino que su figura viene a completarla. El cambio de Obama se concreta en una actualización de la visión que los americanos tienen de sí mismos y de su país, pero la esencia sigue siendo la misma. Esa es una de las principales virtudes de Estados Unidos, un país que es capaz de asumir sus errores y sus virtudes históricas. A eso Obama lo ha definido como la promesa de la ciudadanía, la esencia de lo que América simboliza hoy, la razón por la que un hombre cuyo padre hace 60 años no podía entrar en un restaurante debido al color de su piel se ha convertido en el 44º Presidente de la Historia de Estados Unidos.


Publicado por Daniel Ureña en ABC.
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