En la bolera, cuando consigue un pleno, la gente no sonríe al ver caer los bolos, sino al girarse para observar las caras desencajadas del resto.

Es una de las observaciones de uno de esos estudios curiosos que revelan pequeños matices relevantes sobre nuestras creencias más arraigadas. Lo cuenta Lucy Kellaway en un artículo publicado en Expansión. «La sonrisa no es un gesto de felicidad espontánea, es un elemento social», añade. Da que pensar.

La sonrisa es una curiosa metáfora de la comunicación política. Un gesto social diseñado para provocar una reacción favorable, y que es infinitamente más eficaz cuando viene motivada por un sentimiento sincero.

Daniel Martínez, consultor de comunicación, imagen y protocolo cree que «adaptar la sonrisa a la situación y conocer la adecuada para nuestro rostro es fundamental»

«Hablamos siempre de sonrisa, no de risa. La sonrisa del vendedor, la del empleado, la de cerrar negocios, la de saludar a tu vecina… Todas ellas conforman un gesto social. Pueden guardar tensión, estrés, miedo o indiferencia, como la que mostraba en sus años mozos Felipe Gonzalez, apretando los dientes como si en ello le fuera la vida. Gestos tensores como este pueden delatar rabia contenida o necesidad imperiosa de querer decir algo, al igual que morderse el labio.»

«Hay teorías», continúa Martínez, «que narran la evolución de la sonrisa en los primates como un gesto frente a una amenaza. Los simios emiten un grito agudo, como un chirrido característico producido por unos labios estirados hacia atrás, en forma de sonrisa. Se podría asemejar, entre los seres humanos, como gesto de pacificación, por ejemplo: cuando un invitado llega tarde a una cita y sonríe, esta hace de amortiguador frente a una agresión o un sobresalto.»

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¿Pero realmente es tan importante una sonrisa en el global de la comunicación?

Se suele citar, a menudo erróneamente, la fórmula de Mehrabian sobre las proporciones en las que se reparte un mensaje: 7% de palabras + 38% de tono de voz + 55% lenguaje corporal. Lo cierto es que Mehrabian sólo aplica esa proporción a los mensajes sobre gustos (like/dislike), dentro de lo que llama los ‘mensajes silenciosos’: esos momentos en los que los distintos lenguajes envían mensajes diferentes o incluso contradictorios. Es en esos caso en los que una sonrisa puede escaparse de las manos y convertirse en un botón de autodestrucción.

Lucy Kellaway insiste en que cada cultura, cada persona, debe encontrar su manera eficaz de sonreír:

«La semana pasada, almorcé en un nuevo restaurante italiano en el Soho y el camarero que me preparó el té mostraba un rostro serio hasta que, en el último momento, curvó la comisura de sus labios una fracción. El gesto resultó más gratificante que si me hubiera mostrado una sonrisa de oreja a oreja»

Suena extraño referirse a la sonrisa como algo moldeable, y más si se exige que detrás de ella haya un sentimiento sincero. Sin embargo, considerando el peso que tiene un buen lenguaje corporal en la comunicación, no es ninguna locura sugerir que cada persona ‘piense su sonrisa’.

«La sonrisa perfecta es una sonrisa plena y amplia, que de expresividad y carisma estimulando el músculo risorio, acompañada de unas arrugas en los extremos de los ojos apoyando la veracidad de un alegre sentimiento,» la describe Daniel Martínez, que entiende que la comunicación debe tener un nefoque más dinámico y personal.

¿Quiénes son los mejores espadas en el arte de sonreír?

«Obama es el claro ejemplo de una sonrisa vencedora y cuidada», concluye Daniel Martínez. «Está claro que los americanos nos llevan años de ventaja en cuanto realities políticos, nada comparables a la huidiza sonrisa del expresidente José María Aznar que se escondía tras ese bigote. La ya citada forzada sonrisa de Felipe Gonzalez o Rajoy o la de nuestro presidente Zapatero que evoca cercanía pero desconfigura su rostro.»

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