
En un mundo polarizado, a menudo de una manera simplista, como el de la política, a menudo surgen fenómenos que se las apañan para no contentar a nadie. En honor a Drezner y Gelman, podríamos llamarlo el efecto Starbucks:
Me he dado cuenta de que todo el mundo odia Starbucks. Desde la izquierda, Starbucks se ve como un ejemplo terrorífico de la América de las multinacionales, mientras la derecha ve la omnipresente cadena de cafeterías cono un carísimo y esnob foco de liberalismo de la metrópoli. No todo el mundo piensa igual -no olvidemos los millones que mueven sus clientes ávidos de latte– pero la empresa de cafeína y azúcar de Seattle parece generar desencanto a ambos lados del espectro político
Drezner y Gelman arovechan el ejemplo para hablar de la carrera política de Lawrence Summers, director del Consejo Nacional Económico de la administración Obama, pero también como el fenómeno detrás del Premio Nobel a Obama, o las medidas tomadas por su gobierno en Afganistán.
¿Qué casos hay en España de ‘efecto Starbucks’? Con matices -grandes, en algunos casos- la SGAE consigue atraer antipatías a diestro y siniestro, por ejemplo… Un, dos, tres, responda otra vez…









