Artículo de Daniel Ureña para ABC sobre el resultado de las elecciones británicas, publicado el 7 de mayo, el día después de las votaciones.

David Cameron
David Cameron

Las urnas son caprichosas. Los resultados de las elecciones británicas son buena muestra de ello. Los comicios más disputados en la historia reciente del Reino Unido han dejado con sabor amargo a los tres principales partidos. No obstante, los resultados evidencian que el Partido Conservador, liderado por David Cameron, ha sido el claro vencedor, en votos y en escaños, con un ascenso de casi un centenar de diputados, pero insuficiente para alcanzar la anhelada mayoría absoluta. Los laboristas han sufrido un fuerte batacazo, con la pérdida de cerca de 100 escaños, lo que puede suponer el certificado de defunción del laborismo actual y resta la legitimidad de Gordon Brown para intentar formar gobierno.

Los liberal demócratas, por su parte, han sido también los grandes derrotados, ya que tenían unas expectativas muy altas, sobre todo, tras la luna de miel vivida en las últimas semanas entre su candidato, Nick Clegg, y las encuestas de los medios de comunicación de medio mundo.

Pero a la hora de la verdad la fascinación por el nuevo líder no se ha traducido en un gran aumento de votos e incluso, el número de escaños de los liberal demócratas se ha reducido en cinco con respecto a las elecciones anteriores, en parte gracias al sistema electoral británico, que siempre favorece al bipartidismo.

Pero al mismo tiempo, y debido a la impredecible aritmética parlamentaria, Nick Clegg se ha convertido en el árbitro para decidir el color del próximo gobierno. Y ante esta tesitura el liberal demócrata debería percibir que los resultados de las elecciones confirman un importante deseo de cambio en la sociedad británica.

Por tanto, es el momento de que los dirigentes políticos demuestren su liderazgo y piensen más allá de sus intereses partidistas. Sería nefasto para Reino Unido y, por extensión, para Europa, que la nueva configuración del parlamento, nacida de las urnas, tenga como consecuencia la creación de un gobierno débil, paralizado e incapaz de sacar adelante medidas y reformas que ayuden a salir de la crisis.

Por todo ello, conservadores y liberal demócratas están condenados a entenderse y, por sentido común, David Cameron debería ser el nuevo inquilino de Downing Street, 10.