Quizá la historia del alcalde de Reykjavik sea demasiado rocambolesca como para extraer conclusiones de ella que sirvan para la política actual. Pero en un país en el que se manda a Rodolfo Chikilicuatre a Eurovisión y los políticos son considerados el tercer problema del país según las encuestas del CIS, no nos debería extrañar demasiado que, de nuevo, la realidad haya superado a la ficción.
Jon Gnarr, humorista islandés, fundó el Best Party (el Mejor Partido) como original forma de protesta contra la corrupción política que llevó al país a la bancarrota en octubre de 2008.
“Nadie debe temer al Mejor Partido, porque es el mejor partido. Si no lo fuera, se llamaría Peor Partido, o Partido Malo. Nosotros nunca trabajaríamos con un partido así”, afirmaba Gnarr, que en su programa electoral proponía medidas como acabar con la corrupción, librar al país de la deuda, escuchar más a las mujeres y los ancianos y hacer el Parlamento un lugar libre de drogas para 2020.
La broma se convirtió en pesada para los políticos islandeses, cuando en las elecciones del 29 de mayo a la alcaldía de Reykjiavik, ganó el Mejor con un 34,7% de los votos y 6 de los 15 escaños del ayuntamiento.
Un humorista tenía entonces la sartén por el mango. Ante la necesidad de pactar para formar gobierno en la capital islandesa, Gnarr mostró sus cartas: exigió a cualquier partido que quisiera pactar con el Mejor Partido que vieran las 5 temporadas de la serie The Wire y tomaran notas. Parece ser que para Gnarr esta realista historia de corrupción inspirada en personajes reales de la cara oscura de Baltimore es la primera dosis de una medicina contra la corrupción política.
Ciertamente, es una manera distinta de hacer política.









