Cinco hombres, entre 40 y 60 años, cogieron sus mochilas y se marcharon a primeros de agosto al parque natural Glen Canyon al sur de Utah, a navegar el río y dormir en albergues. Han planeado separarse de sus laptops y sus BlackBerrys y adentrarse durante unos días en un lugar sin cables, sin cobertura, para limitarse a disfrutar de su conversación y de la apabullante naturaleza del paraje.

Una historia estival y aparentemente irrelevante que se repite con variantes por todo el mundo, si no fuera porque los cinco integrantes de este grupo van acompañados de un cámara y un reportero.

¿Por qué?

Estos cinco hombres son neurocientíficos de éxito; académicos que manejan millones de dólares en inversiones de investigación y que lideran equipos de grandes cerebros de la ciencia que estudia el funcionamiento del cerebro. El New York Times estuvo con ellos para acompañarles en un viaje a través del cual explorar el funcionamiento de la atención humana, precisamente cuando se aleja del estímulo permanente que supone el estar conectado al mundo a través de los gadgets.

Dos de ellos valoran y estudian el reposo. “La atención es el Santo Grial”, dice uno de ellos, que defiende la teoría de que la deconexión ayuda a ser más productivo. “Todo aquello de lo que eres consciente, todo lo que dejas entrar, todo lo que recuerdas y olvidas, depende de ella”. Los escépticos prefieren las tesis de que el ejercicio estimula el cerebro.

El funcionamiento de la atención es primordial en la comunicación. En él se basan las teorías del neuromarketing, el storytelling o la videopolítica. La atención es un bien preciado, y quizá cada vez más escaso dada la multitud de plataformas desde donde pueden provenir estímulos que distraigan al receptor.

Las soluciones que ha encontrado la comunicación política a este batalla por el interés del oyente pasan por dirigirse al cerebro emocional de las personas, y por enfocar los esfuerzos a un número limitado de mensajes y de valores que transmitir, definidos por el posicionamiento del candidato.

Habrá que ver si estos cinco científicos encuentran alguna solución. Por lo pronto parece que han coincidido en que el tranquilo fluir del río San Juan ayudó as hacer más fluidas sus ideas.

Incluso sin saber exactamente cómo el viaje afectó a sus cerebros, los científicos están listos para recomendar un poco de descanso como manera de desatascar el pensamiento. Como dice el señor Kramer, “cuánto tiempo estuvimos recetando aspirinas sin conocer su mecanismo exacto”.

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