Actualidad Económica entrevistó recientemente a Michael Dolley, Director de Campañas del Partido Conservador británico, aprovechando su presencia en el 16º Congreso de la European Association of Political Constultants (EAPC), celebrado en Madrid a comienzos de junio. Reproducimos aquí la entrevista:

No es una estrella de Hollywood, pero entrevistar a Michael Dolley, director de campañas del Partido Conservador británico, sí conlleva servidumbres parecidas: poco tiempo, escasas ganas de posar y asuntos que no se pueden toca -«no sé nada de política española», «jamás le diría a alguien del PP cómo hacer su trabajo»-. Dolley, presente en Madrid en el congreso de la Asociación Europea de Consultores Políticos, organizado por MAS Consulting, quiere ceñirse a narrar la transformación de los tories, desde su tercera «humillante» derrota electoral consecutiva en 2005 hasta la victoria, a la primera, de David Cameron, cinco años después. Afortunadamente, el tema da para mucho, y de él habla con el orgullo de haber sido un actor clave en el proceso. En su opinión, la clave no está en las últimas semanas de campaña, cuando Cameron noqueó a un primer ministro achicharrado por la crisis, Gordon Brown, y fue capaz de manejar el ascenso del líder de los liberales demócratas, Nick Clegg, sino en los años previos de trabajo, una vez que los tories se dieron cuenta de que tenían «un gran problema de conexión con el electorado». El comienzo de esta historia no es el 6 de mayo de 2010, cuando los conservadores ganaron las elecciones después de 18 años, con el 36% de los votos, sino el 6 de diciembre de 2005, cuando Cameron fue elegido líder del Partido Conservador. Era el más joven de los 4 candidatos.

P: Su receta era cambiar el partido para conectar con el electorado, pero ¿cómo hacerlo?

R: Muy pronto nos dimos cuenta de que había una desconexión entre los intereses de nuestros afiliado y los de nuestros votantes. Los miembros del partido estaban obsesionados por Europa y la inmigración, pero a la gente le interesan los temas de salud, educación y economía. Teníamos que girar nuestro foco y, al mismo tiempo, tomar algunas decisiones impopulares para nuestra militancia, como promover a candidatos gays, de minorías y mujeres a puestos con opciones reales de victoria. Eran cambios importantes con los que nos metíamos en aspectos que los laboristas consideraban, arrogantemente, suyos. No sólo decíamos que estábamos cambiando; cambiábamos. Hablábamos de medio ambiente, de justicia social… Y dejamos un poco de lado Europa: nuestros adversarios ya no podían descalificarnos tan fácilmente diciendo que éramos un partido rabiosamente antieuropeísta y poco más.

P: Desde un enfoque más ideológico, Cameron pone el acento en la Big Society, la Gran Sociedad. ¿Cómo la definiría?

R: Es volver a una sociedad en la que no todo dependa del Estado; el mundo será mejor si los individuos, si grupos de individuos, toman el control de sus vidas, de la sociedad, en vez de esperar que unos políticos lo hagan. Siendo más concreto y como ejemplo, ¿por qué el Estado no puede colaborar con organizaciones del tercer sector y empresas privadas en asuntos como la gestión de las prisiones?

P: Todo esto es lo que usted llama la batalla aérea, la ideológica, contra los laboristas. ¿Cómo plantearon la batalla terrestre, la de los votos?

R: Para empezar, terminamos con la brocha gorda. Había que pelear por puñados de votos, márgenes rescatados de aquí y allá que podían sumar una gran diferencia. Desde el primer día tras la derrota de 2005 estudiamos el terreno con muchísimo detalle: dividimos el país en 11 zonas e identificamos 61 tipos sociales de votantes, que a su vez fueron divididos en cinco grupos, según las posibilidades de que nos ayudasen. Y desde allí empezamos la labor de persuasión.

Poco a poco Cameron y el Partido Conservador fueron mejorando su imagen: «dejamos de ser  vistos como un partido desagradable, dejamos la arrogancia que nos hacía pensar que si perdíamos era culpa de los votantes, no nuestra». Y al tiempo, el terreno de juego cambió drásticamente: al comienzo del verano de 2007, Tony Blair, la bestia negra electoral de los tories, cedió el poder a Gordon Brown, y en cuestión de semanas estalló una crisis financiera global que dejó tocado para siempre al máximo responsable de la economía británica durante los diez años anteriores.

P: Pasemos a 2010. Si tuviera que resumir en 2 o 3 palabras por qué ganaron las elecciones, ¿qué me diría?

R: Teníamos un gran candidato, David Cameron, y había un gran deseo de cambio.

P: Dicho así, no da la impresión de que se rompiesen la cabeza…

R: Si algo es verdad, no tiene por qué ser original. Al final todas las elecciones se reducen a una pregunta que se hacen todos los votantes: ¿estamos contentos o queremos un cambio? En este sentido, las campaña influyen en la forma en la que se percibe un gobierno.

P: Y el Gobierno, finalmente saliente, liderando por Gordon Brown, pasaba por un momento terrible. ¿Fueron muy duros con él?

R: No necesitamos ponernos muy desagradables, no les mandamos mucha basura. Ellos sí: acusaron a Cameron de ser un privilegiado, de ser un pijo… Pero no tuvieron éxito. No importa de dónde vienes, sino a dónde vas.

P: Aunque siempre dio la impresión de que Cameron ganaría las elecciones, pasaron por tiempos difíciles, como cuando fueron francos respecto a la necesidad de tomar duras medidas de austeridad y, en un principio, pagaron un precio en las encuestas.

R: Cameron decidió ser honesto con la economía. Y, además, hubiera sido muy difícil resultar creíbles en ese mensaje. Acertó: la gente aprecia la honestidad.

P: Y en el sprint final, la duda era si tenían mayoría suficiente para gobernar, ante el ascenso de la figura de Nick Clegg, el líder de los liberales demócratas. ¿Cómo se explica su espectacular irrupción en la campaña?

R: La clave estuvo en los debates televisados, los primeros en la historia de Gran Bretaña. Le dieron la posibilidad de aparecer en igualdad de condiciones respecto a Cameron y Brown, y la verdad es que la aprovechó muy bien.

P: Suponía un grave problema para los conservadores porque Clegg era más creíble vendiendo cambio, era más nuevo, más fresco. ¿Cómo manejaron la situación?

R: Francamente, hasta el primer debate no vimos a Clegg como una amenaza. Y a partir de entonces, atacamos con dureza sus políticas, pero no a él: no podíamos, porque era joven, guapo, fresco… No hubiéramos resultado muy agradables. Y al final, el globo estalló, porque los electores llegaron a la conclusión de que si buscaban el cambio con Blair, se podían quedar atrapados en una coalición con Brown. Lo que hicimos ver a la gente es que, al votar, elegía al primer ministro: o Cameron o Brown.

P: Ese 6 de mayo el resultado fue bueno, pero nada espectacular: 36% de los votos, 7 puntos de ventaja sobre los laboristas, pero sólo mayoría relativa.

R: Pudo ser mejor, cierto, pero al menos desalojamos a Brown de Downing Street. Yo no diré que los laboristas hicieron una buena campaña, pero evitaron un peligro real de hundimiento. Y nosotros partíamos de un punto muy bajo: nuestras tres derrotas de 1997, 2001 y 2005 fueron las mayores desde que en 1918 se introdujo el sufragio femenino. Incluso el sistema electoral estaba en nuestra contra.

P: Ahora en España se acercan unas elecciones en las que la duda parece estar en una mayoría absoluta o relativa del PP. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, dice sin embargo que el candidato socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, puede ganar en un sprint de nueve meses. Dado que la historia de la victoria de Cameron es consecuencia de cinco años de trabajo, ¿cree que realmente se pueden ganar unas selecciones al sprint?

R: En Gran Bretaña tenemos un precedente: en 1990 Margaret Thatcher era totalmente impopular, pero John Major ganó las elecciones un año y medio después.

El símil no es muy preciso, porque Major llevaba ese año y medio como primer ministro, pero es todo lo que Dolley está dispuesto a decir sobre la situación española. La suya es otra batalla, como la que llevó a los conservadores británicos a construir su propia historia para el siglo XXI, más allá de viejos héroes, como Thatcher, y verdugos, como Blair.