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  1. No ha sido un debate típico de la “nueva política”: ha habido poca emoción, poco storytelling, y muchos datos y propuestas, salvo en las intervenciones finales.
  2. Se consolida un papel más activo de los moderadores del debate: ya no son sólo controladores de tiempo y conductores del monólogo de los candidatos, como en debates de elecciones anteriores. Preguntan, intervienen e interpelan, siguiendo modelos de las televisiones americanas y británicas.
  3. Aunque ha empezado siendo un debate de “guante blanco”, con los candidatos manteniendo las formas y con pocas interrupciones y “golpes bajos”, la tensión ha ido subiendo a partir del segundo bloque. Si bien podía pensarse que el debate iba a ser “todos contra Rajoy” (y, de hecho, así ha sido al principio), pronto se han reordenado las estrategias de ataque: Sánchez-Iglesias y Rivera-Iglesias. En estos ejes se han dado los momentos de más tensión dialéctica.
  4. Se han reproducido al milímetro las estrategias que están empleando los partidos en campaña, estrategias basadas en ver a quién se puede robar voto. Sin embargo, el miedo a perder el debate les ha llevado a ser más conservadores de lo esperado y a no querer cometer errores.
  5. Rajoy ha conseguido sobrevivir a un formato que, en principio, le podía ser muy perjudicial, incluso cuando se ha hablado de corrupción. No ha rehuido la contestación a las críticas, ha mostrado un talante presidencial y ha salido también al ataque contra todos, especialmente contra Rivera (más que contra Sánchez e Iglesias). Su estrategia: recuperar el voto de centroderecha que Ciudadanos le robó el 20 de diciembre.
  6. Como le está ocurriendo en la campaña, el papel de Pedro Sánchez ha quedado difuminado. Ha empezado apelando al voto histórico de los socialistas y ha repetido también su estrategia de asimilar a PP y Podemos como los dos extremos que se pusieron de acuerdo para evitar el “gobierno del cambio”.
  7. Iglesias traía la lección muy bien aprendida: tono moderado (que ha perdido en algunos momentos, sobre todo en el enfrentamiento con Rivera), lenguaje no verbal para captar la atención de las cámaras (a veces quizás demasiado exagerado) y no entrar al trapo de las previsibles críticas del PSOE. Por tres veces ha repetido a Sánchez la frase “te equivocas de adversario”, junto a otras como “la gente nos quiere ver juntos”. Su tablero de juego está de nuevo en poner al PSOE entre la espada y la pared: elegir entre PP o Podemos para formar gobierno.
  8. Rivera ha sido especialmente enérgico, con buen uso de carteles y elementos gráficos, siendo además el candidato que más ha ido creciendo durante el debate y que más ha salido al ataque, primero contra Rajoy y después contra Iglesias. Ha repetido así una de las estrategias que están usando en la campaña: subrayar la radicalidad de Podemos, volviendo a hacer colación al comunismo, a Venezuela o a Grecia, intentando robar a este partido el votante de centro que consiguió captar el 20 de diciembre.
  9. No ha habido un ganador claro, aunque las maquinarias de los partidos se afanarán ahora en hacer ver que su candidato ha sido el vencedor. El postdebate es casi tan importante como el debate entre periodistas y en las redes sociales.
  10. Llegamos a estas nuevas elecciones porque los partidos no se pusieron de acuerdo para formar gobierno… Y terminamos este debate con las mismas dudas sobre los pactos postelectorales.

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