A comienzos de año, la Comisión Europea creó un Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre Noticias Falsas y Desinformación, del que forma parte la española Clara Jiménez, de Maldita.es.

Dicho grupo emitió unos meses después un primer informe con una serie de recomendaciones en cuyo contenido no se utiliza, deliberadamente, el término «fake news» o «noticia falsa», argumentando que es inadecuado toda vez que no hay unanimidad en su significación.

«El término se ha convertido en un arma arrojadiza que políticos y colectivos utilizan para atacarse unos a otros queriendo hacer ver que tienen el patrimonio de la verdad», argumentan desde Maldita.es, pero además explican que por sí mismo, «fake news» no es capaz de explicar la complejidad de la situación, genera confusión y tampoco define bien el concepto.

Por ello, la principal recomendación del grupo de expertos de la CE es precisamente dejar de  hablar de «noticias falsas» y sustituir su uso por el término «desinformación» que, en su opinión, responde mucho mejor a la complejidad del fenómeno.

 

Diagrama de First Draft, Harvard Kennedy School of Government.

 

En este sentido, el grupo acordó además una definición de «desinformación» como «información falsa, imprecisa o engañosa, presentada y promovida para obtener ingresos o causar daño público intencionadamente». Es decir, no sólo hay falta de veracidad, sino sobre todo intencionalidad. No toda información falsa es desinformación, pero sí toda desinformación es información falsa.

Lo cierto es que el fenómeno va mucho más allá de las «noticias falsas». La desinformación se genera no sólo desde medios (o supuestos medios) de comunicación. Los bulos se distribuyen por las redes sociales sin necesidad de enlace alguno y sin adoptar formato de noticias. El mensaje es el verdadero objeto de la desinformación, la veracidad y la intencionalidad en su difusión es lo que identifica a dicho mensaje en la categoría de desinformación (ver gráfico).

Pero más allá de las redes -que conforman espacios abiertos a colectividades cuando no al público en general-, servicios de mensajería como WhatsApp también generan un ecosistema de desarrollo ideal para la «desinformación» y ahí su control es más complejo al no darse en general una difusión en comunidad sino que responden a la estructura de envios cerrados a usuarios individuales.

El éxito del proceso de desinformación dependerá en gran medida, especialmente en lo referente a herramientas como WhatsApp y similares, de la capacidad de cada uno de esos usuarios para identificar la falsedad e intencionalidad de esa información, impedir su difusión y destaparla.

 

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