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ABC. Pedro Rodríguez. Aunque falta más de medio año para que los votantes de New Hampshire empiecen a designar favoritos, los ochos aspirantes a la Casa Blanca del Partido Demócrata se han congregado en ese hiperpolitizado Estado de la Unión que hasta ahora ha venido gozando de un decisivo papel pionero dentro del proceso de primarias presidenciales. La ocasión: un segundo debate de «presidenciables» que ha servido para empezar a ilustrar diferencias y rivalidades. Además de dejar claro que, a estas alturas, las dos grandes cuestiones que dominan la conversación política en Estados Unidos son Irak y Hillary.

Durante el foro organizado en la Universidad Saint Anselm, a las afueras de Manchester, los precandidatos arrinconaron su compartida imagen de «familia feliz y unida contra Bush» para empezar a antagonizar sobre cómo poner efectivamente un punto y final a la guerra de Irak. Con reproches de complacencia, oportunismo y falta de valentía política. Además de reiterados intentos de poner en la defensiva a Hillary Clinton sobre todo por su voto en el 2002 a favor del uso fuerza contra Sadam Husein. Una decisión que persigue a la senadora por Nueva York en su candidatura presidencial, pese a que encuestas nacionales le otorgan estatus de favorita seguida del afroamericano Barack Obama.

El final de la sonriente unanimidad exhibida hasta ahora por los aspirantes demócratas fue impulsado por el ex senador John Edwards al cuestionar abiertamente la actuación de sus rivales durante el reciente debate parlamentario para autorizar más fondos bélicos. Según reprochó Edwards, Hillary Clinton y Barack Obama esperaron hasta el último momento posible para anunciar sus votos negativos y sin tomar la palabra para expresar su oposición. Una comodidad interesada que a juicio Edwads demuestra «la diferencia entre liderar y seguir».

Barack Obama, a pesar de que no estaba en el Senado en el 2002 cuando hubo que pronunciarse sobre la resolución de uso de la fuerza contra Irak, insistió en su inmutable rechazo a esa guerra. Criticando a su rival sureño por haber «llegado cuatros años y medio tarde» a esta cuestión. Ya que Edwards, como senador de Carolina del Norte, sí que voto a favor del uso de la fuerza, decisión que después describió como el mayor error de su carrera política y por la que se disculpó. Ante este brete, Hillary Clinton -entre una combinación de gélidas expresiones faciales y algunas risotadas muy poco agradables- repitió su defensa de que fue engañada por la Administración Bush sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Según la ex primera dama, «ésta es la guerra de George Bush. Él es responsable por esta guerra. Él la empezó. Él la ha manejado mal. Él la ha escalado. Y él se niega a terminarla». Recurriendo al estilo conciliador que tan bien funcionó en su momento a Bill Clinton, la senadora, que se permitió incluso reconocer una cierta mejora en la seguridad de EE.UU. desde el 11-S, exhortó a sus compañeros para que no se recreen en el pasado y se concentren en lo que les une: terminar con la guerra de Irak. Según Hillary: «Las diferencias entre nosotros son menores. Las diferencias entre nosotros y los republicanos son enormes. Y no quiero que nadie se confunda».