Se denomina crowdfunding a la recaudación de fondos a partir de aportaciones individuales, generalmente de reducida cuantía. Desde la aparición de Internet, un medio que reúne las características perfectas para practicarlo, organizaciones de todo tipo se han apuntado a esta forma de recaudar dinero.

Uno de los últimos en emplear el crowdfunding ha sido BBVA, pero hay innumerables ejemplos en varios sectores: la industria del cine, con El Cosmonauta como máximo exponente; el Tercer Sector, donde Amnistía Internacional o la Fundación Vicente Ferrer realizan grandes esfuerzos para conseguir microdonaciones; el entorno corporativo, con campañas como la que lanzó ING Direct en YouTube para colaborar con Unicef;  en la política, especialmente en países donde la financiación de partidos no está tan estrictamente regulada como en España, etc.

En el fondo, se trata de trasladar la tradicional recogida de firmas y fondos en las calles al ágora digital, aprovechando ventajas como el menor coste, la rapidez, la universalidad, el boca-oreja, etc. Al mismo tiempo, el crowdfunding aparece como la respuesta natural en un entorno como la Red, caracterizada por la bidireccionalidad y lo pequeño (mensajes cortos, vídeos de corta duración, emoticonos, abreviaturas).

Pese a todo, no hay que pensar en el crowdfunding como una opción sencilla. Una buena campaña de recaudación a través de Internet requiere la combinación de las técnicas de movilización propias de las grassroots campaigns, profesionales que sepan gestionar la presencia en redes para sacar el máximo partido a sus posibilidades, el necesario equilibrio para evitar ser catalogado como spam o tachado de pedigüeño…

La crisis económica que comenzó en 2008 marcó de manera definitiva la entrada en la era del crowdfunding, que pasó de ser una opción a ser una necesidad para muchas organizaciones. Estamos, por lo tanto, ante un buen momento para repensar las fuentes de financiación tradicionales y adaptarlas al nuevo contexto socio-económico.