El pasado 14 de diciembre, el diario El Mundo publicó en su sección de Opinión la tribuna de Daniel Ureña, Socio & Director General de MAS Consulting, Es hora de regular el lobby en España.

A continuación reproducimos el texto completo:

Decía John F. Kennedy que «los lobistas me hacen entender un problema en diez minutos, mientras que mis colaboradores tardan tres días». Los lobistas no somos bichos raros. A pesar de que nuestra profesión es poco conocida y a veces incomprendida, la actividad de representación de intereses es una parte «legítima y necesaria» del juego democrático, tal y como reconoce la propia Comisión Europea. De hecho, es una disciplina de gran tradición en las democracias más consolidadas del mundo. No obstante, por desgracia, en ocasiones se confunde con otras actividades que nada tienen que ver y que habitualmente bordean la ilegalidad. Por ello, sería muy positivo que de cara a la próxima legislatura, España pueda sumarse a los países que cuentan ya con una regulación del lobby.

Los lobistas somos los primeros interesados en que haya un marco jurídico en el que poder desarrollar nuestra actividad. Por ello, frente a los que pueden ver con suspicacia esta profesión, la transparencia es el mejor antídoto. En democracia, las ONG, las empresas, las instituciones y demás entidades de la sociedad civil han de contar con herramientas y canales para que su voz y sus demandas sean escuchadas en el ámbito político. No hay que olvidar que la esencia del lobby es promover el diálogo entre los diferentes actores sociales y empresariales con los representantes políticos. Los gobiernos tienen la capacidad de aprobar leyes que nos afectan de muy diversa manera. Una legislación puede ser muy buena para unos, pero también puede ser negativa para otros. Por eso, la clave del lobby es ayudar a que las personas que toman las decisiones que nos afectan a todos, puedan tener la máxima información. Por eso, la esencia del lobby es ayudar a que empresas, ONG, sociedad civil y políticos dialoguen y trabajen en común, siendo conscientes de que es a los políticos a quien les corresponde tomar las decisiones políticas.

La próxima legislatura vendrá marcada por la necesidad del consenso, el pacto y el acuerdo, no sólo entre los partidos sino también con el resto de la sociedad. El hecho de que no sea probable una mayoría absoluta, tendrá como consecuencia que el Congreso y el Senado volverán a ser el centro de la vida política y, por tanto, el escenario principal para el lobby. Por ello, la actividad de representación de intereses será mucho más necesaria que nunca y su regulación permitiría que no sólo los más poderosos y los que tienen acceso a ellos puedan hacer llegar sus demandas a los representantes políticos.

En esta línea, una regulación del sector ayudaría también a desmitificar esa idea del lobby bueno frente al lobby malo. El lobby permite dar voz a organizaciones de todo tipo con intereses muy diversos. Es una actividad desarrollada por organizaciones que persiguen intereses empresariales, sociales, medioambientales, humanitarios, económicos, ideológicos, etc. Por tanto, el lobby en sí no es ni bueno ni malo, sino que depende de los intereses que defienda, siempre que lo haga de manera ética. Por todo ello, los partidos políticos no deberían desaprovechar la oportunidad de regular esta actividad en la próxima legislatura. Si la transparencia se ha convertido en una reivindicación para la vida pública española, también debería aplicarse al terreno del lobby. Los lobistas lo agradeceremos y el resto de la sociedad también.