La Inteligencia Artificial cada vez tiene una mayor presencia en el día a día de nuestras sociedades. Aunque a veces no resulta tan evidente, su uso comienza a ser algo habitual en nuestra vida cotidiana y, como cualquier factor de potencial influencia social, eso conlleva una responsabilidad política.

Uno de los primeros fenómenos que pueden venir a la cabeza de cualquier que piense en la relación entre política e Inteligencia Artificial es el de las Fake News. Plataformas digitales como Facebook están intentando adaptar sus modelos de seguridad para evitar la propagación de noticias falsas y evitar convertirse así en herramientas de difusión de potenciales manipulaciones políticas.

Dichas herramientas cuentan con el factor humano -grupos de vigilantes que revisan el contenido- pero dependen de algoritmos que detectan previamente potencial material peligroso. Esos algoritmos son la base de la Inteligencia Artificial y su implementación resultará clave a la hora de conseguir filtrar un flujo de información que resulta humanamente inmanejable.

Pero la Inteligencia Artificial también puede usarse en el sentido contrario: para generar manipulación y contenido falso. Ya existen programas capaces de imitar a la perfección la voz de una persona a partir del análisis y registro de un número determinado de vocablos emitidos por el verdadero dueño de dicha voz. El potencial que tienen herramientas de ese tipo para difundir falsas conversaciones y declaraciones es enorme y muy peligroso.

Asistentes personales

Hay otra vertiente política de la Inteligencia Artificial que atesora unas posibilidades muy amplias: el mundo de los asistentes personales. Mucha gente se ha habituado a utilizar Siri, Cortana y otros asistentes de sus teléfonos móviles y ordenadores. Sin embargo, aunque en España son todavía una novedad, la implantación de los asistentes virtuales domésticos comienza a ser una realidad en Estados Unidos.

Echo, Alexa, Google Asistant o Siri son algunos de los más populares. Su implantación empieza a ser amplia y algunos estudios proyectan que serán mayoritarios en los domicilios en un plazo de cinco años. Ante este potencial, algunos estados de Estados Unidos ya le están dando uso para ayudar a la acción de gobierno.

Algo que puede extrapolarse a todo tipo de instituciones. Sirva de ejemplo la iniciativa de la Norhteastern University, de Boston, que ha decidido ofrecer a partir del próximo otoño a todos sus estudiantes la posibilidad de contar con uno de estos asistentes, que estará conectado a sus cuentas estudiantiles y podrá informarles sobre el horario de sus clases, el dinero remanente en sus tarjetas de comida e incluso el estado de sus deudas.

El potencial político de este tipo de asistentes es pues enorme, sobre todo a la hora de canalizar flujos de información enormes, como la actividad parlamentaria, y personalizarlo en función de las necesidades de cada usuario. Es cuestión de tiempo, pero no tardará en verse la implementación de este tipo de gadgets en las instituciones.

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